No sé muy
bien el motivo o conjunto de ellos que me han traído de nuevo aquí,
frente a lo que antaño fue mi más fiel compañero, y mi más
apasionada amante, el teclado y la escritura. Tampoco sé con
exactitud qué venía a decir, si es que tuviera algo relevante que
contar. ¿Por qué he regresado entonces? Porque extrañaba esto,
cada palabra que pudiera decir, cada sensación que eso me trajese.
Echaba de menos llorar de emoción y reír mientras mis dedos se
deslizaban sobre las teclas, y mi mirada permanecía fija en las
letras que iban surgiendo en la pantalla. Esas cosas que, como puedes
ver, hace tiempo ya que no sentía.
Sinceramente
sé que no me puedo quejar. Supongo que esto es lo que quiere todo el
mundo, ¿no? Una vida tranquila que pasar, en mi caso en una eterna e
imperecedera soledad. Días que ver nacer y morir sin el tiempo
suficiente como para amarlos y echarlos en falta, como para escribir
su historia. Básicamente una vida que no se vive, tan sólo se
espera a que venga el fin.
Ahora, ni
siquiera la música consigue suavizar el vacío que siento cuando
pienso que, por mucho que crea, y que cree, nadie podrá valorarlo
con una sonrisa o una crítica, nadie se quedará hasta las tantas
conversando conmigo de mis pasiones, ni de mis fallas. Y de las
palomitas, ¿quién saboreará la sal de esas palomitas una tarde
cualquiera sentado a mi lado? O del centro de la ciudad. ¿A quién
le diré yo que me encanta el color que se apodera de esas calles
cuando se hace de noche? Exactamente, tú lo has dicho, a nadie. Vaya
novedad y más viniendo de mí, válgase la ironía.
En fin, tan
sólo era para dar señales de vida, que no parezca que sonrío
menos, ni que lloro más aunque esa sea la verdad y no haya por qué
ocultarla.

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